Se acaba de ir el 28 de enero en el que nacía la idea de este blog. Mirando al calendario me viene a la mente otra fecha, exactamente la de hace ocho meses. Era un 28 de mayo de 2007 y aterrizaba en Guadalajara sin más experiencia que la que uno puede tener viviendo en su casa, parapetado en su familia, en su rutina... En definitiva, en su vida. Aún siento vértigo al recordar aquel desembarco fruto de una oportuna oferta, una decisión meditada casi hasta la obsesión y una inesperada llamada de teléfono que convirtió en un "sí" lo que sólo minutos antes era un "no" rotundo al cambio de destino.
Comenzaba una nueva etapa en la que, después del miedo inicial, la ilusión tomaba protagonismo. Ilusión por la independencia, por formar parte de una realidad desconocida y por hacer frente a un nuevo reto. Sin embargo, la euforia no es fácil de mantener a medida que pasa el tiempo, y más cuando empieza a pesar la ausencia de los habituales puntos de referencia que sostienen el día a día.
Tu familia, tus amigos, tus antiguos compañeros de trabajo o incluso ese aire que respiras desde pequeño y que te ha hecho ser como realmente eres... Al final llega el momento en el que todo eso falta (aunque nunca deje de estar) y en el que es imprescindible encontrar nuevos apoyos para orientarse y salir adelante en un hábitat tan diferente y lejano al tuyo. Simplemente, algo o alguien en el que confiar plenamente para sentirse útil y respaldado al mismo tiempo.
Y creí encontrarlo, pero, por desgracia, el destino quiso que, en vez de comprensión, la respuesta fuera desprecio, indiferencia y un cruel olvido que aún hoy sobrevuela mi ánimo. Y es que, ocho meses después, sigo sin dar con ese punto de referencia y no puedo evitar acordarme de aquella llamada de teléfono con la que empezó todo.